4 Enero 2019
Escondida entre la forma de la mentira, fresca como las flores
en mi noche, mi lengua bramando entre cien olores.
He despertado del Inmenso Fin, en tu mano gélida. Sinuoso, me
acerco, envuelto en tu bruma, hacia tu pensamiento, y no me ves. Me apodero de
tu mundana vida: transformo tu fino cristal en homo. Un solo día. Mi inocente
crisálida.
Poseo el don que intimida; rey en el olvido, de Norte a
Sur, batiendo sus alas verdes entre góndolas de ida y vuelta.
Crédulos, en las idiotas llanuras me esperáis. Sobre su asqueado
día os dibujo el sombrío paraíso. Esqueletos desnudos de alma en su
friso me sustentan.
Se aleja, dueño, el sueño, reptando sobre hojas muertas.
Abriendo la puerta al terror. Asomaos al sonido blanco de sus estertores, soy
su extenso Señor.
Ciego permanecerá tu Dios en la alcoba, extendiendo hedor
en una cruz de plata.
Escuchas una sola voz, mi voz, en las calles planas de la
soledad. Tocad mi única mano. La mano amarga, guiando sobre la espesa tentación.
Te expondré mi roja belleza, arañada en la sangre que huye. Miedo insertado en
el canto que destruye.
Sufre sobre mi frente el fino sabor de lo amargo. Sufrís al no
ver el amor débil en mis ojos temblar. Selva
en la sombra de huecos salvajes.
Y elegid la marca en vuestra pulsera, círculo en vuestros ojos.
¡Y odiadme! Si, mi odio resiste en toda mi piel de serpiente.
Con vuestra rabia yo no seré clemente
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